La cultura del selfi: el reino del narcisismo

Reproduzco aquí este artículo que me gustó de el periodico el mundo :

02/09/2016 11:34 El mundo Baleares

ERA PRIMERA hora de la mañana. Yo acababa de bajar de un avión procedente de Palma y había cogido un tren que me llevaría a mi destino final. Mi vagón prácticamente iba vacío, por lo que la calma era absoluta. Sin embargo, pasado un rato noto movimientos extraños en un asiento al otro lado del pasillo. Observo con cuidado y veo a una chica que en ese momento estaba quieta. Pasados unos minutos, de nuevo se repite la misma sensación de movimiento, pero esta vez la pillo: estaba arreglándose el pelo y posando con caras divertidas -sin que hubiera el menor motivo aparente para ello-, mientras con su mano derecha extendida se sacaba fotos con el móvil que, por cierto, parecía ser su único equipaje. El flequillo más allá, una sonrisa diferente y otra instantánea. Tras cada foto, la autora comprobaba si su fotografía había logrado el efecto que pretendía, y continuaba, repitiendo incansable el mismo encuadre. Se pasó así casi una hora, hasta que llegó a su estación de destino.

Ese mismo día, por la tarde, volví a viajar en tren, esta vez lleno de pasajeros. La gente iba de pie; yo apenas logré hacerme un hueco en una zona reservada para el equipaje. Pasado un rato, empiezo a ver movimientos extraños en un chico de unos veinte años que iba sentado muy cerca de mí. De nuevo, estaba haciéndose fotos con el móvil. Posaba, sonreía, se mesaba los cabellos, movía el pendiente, se abrochaba y desabrochaba la camisa, gesticulaba, cambiaba de ángulo sin parar. Supongo que entre tanta foto, alguna debió de haber quedado bien.

Desde ese día estoy un poco más atento a estas ceremonias que se repiten con una frecuencia que hasta ahora no había notado. Hace unos días vi a una pareja que llegó a la playa, se quitaron las camisetas, sacaron su móvil con el correspondiente stick y se pusieron a sacar fotos como si hubieran pasado un día en el fabuloso Mediterráneo. Media hora después se marcharon sin haber tocado el agua y sin siquiera haberse quitado los vaqueros. Fantástico engaño para esos amigos peninsulares que se pondrán envidiosos viendo esta exhibición veraniega en Facebook.

Hace unos días, mientras esperaba a un familiar en un aeropuerto, reparé en cuánta gente, en lugar de abrazar a los seres queridos a su llegada como era habitual hace unos años, se regodean sacando fotos con sus móviles, retrasando el saludo supuestamente añorado. El recién llegado espera atónito a ver qué ocurrirá. De tanto inmortalizar un momento único, arruinamos el encuentro, el abrazo y hasta la propia singularidad del saludo.

Es posible que a mucha gente todo esto le sea indiferente, e incluso puede que sean conductas irrelevantes, pero a mí me incomoda porque me siento exactamente en las antípodas. Mi interés por la imagen, por la superficie, por lo exterior, roza el cero. Comprendo que mi desdén es exagerado, incluso hasta llegar a extremos probablemente tan ridículos como los de estos narcisistas. No obstante, conductas así producen en mí un choque absolutamente frontal.

Yo soy consciente de que, obviamente, todos tenemos un aspecto exterior, una imagen. Pero me niego a cuidarla más allá de lo más elemental. Porque pienso que lo importante de las personas es exactamente lo que no se ve. Por eso vale la pena estar con la persona que uno ama aunque haya envejecido y probablemente pierda aquellos encantos de la juventud. Por eso no siempre los guapos tienen interés. Por eso uno puede ser quien quiere ser.

Sin embargo, el mundo digital se ha convertido en el paraíso de la superficie, de la imagen. Entre otras cosas, porque la comunicación interpersonal a través de las redes no dispone de la riqueza suficiente como para transmitir la amplísima variedad de matices que podemos darle a las palabras en la comunicación cara a cara. En la red, desaparece el tiempo y el espacio como obstáculo, pero a cambio de un empobrecimiento de la calidad del contenido. Hoy, la red propicia que el diálogo sea un intercambio de apariencias, de imágenes. Es una imposición del canal, de lo digital, no de los usuarios, que sí están subyugados sobre todo por la inmediatez.

Yo tengo alumnos que en su comunicación con su profesor ofrecen fotografías tan trabajadas, tan estudiadas, que sencillamente no los reconozco. Y si no los reconozco ¿qué función cumple una fotografía que precisamente pretende ofrecerme información? Supongo que hasta los más feos podríamos llegar a encontrar un ángulo y una iluminación que nos beneficie, ¿pero para que sirve, si al final no dejamos de ser los que somos, con ese tono de voz, esa sonrisa, ese movimiento de cejas, esas orejas?

Muchas veces, como es de imaginar, todo esto tiene que ver con ligar. Una buena foto ayuda a ligar, claro. ¿O no? Quizás sólo retrasa el momento inevitable en el que tengamos que encontrarnos cara a cara y entonces se descubrirá que no somos lo que aquella foto decía. O peor, también se verá si debajo de esa imagen, de ese peinado tan 'cool', hay algo más que, obviamente, nadie puede fotografiar pero que es esencial en la persona.

El reino de la imagen se basa en una premisa falsa: la imagen, que en un inicio pudo habernos representado, que originalmente la creamos nosotros, se termina siempre por independizar, por competir con otras imágenes, por desenvolverse sola en la red, en la calle, en la vida. La imagen se crea y después nosotros nos convertimos en sus esclavos: nos hemos de comportar tal como nuestra imagen sugiere que debemos ser. Porque esa imagen implica necesariamente unas conductas. La imagen nos hace a nosotros y no al revés, como pensábamos.

¿Por qué tanto esmero en cuidar cada detalle de esas fotos pensadas para circular en la red? Porque tenemos en la mente un modelo, un estereotipo, muchas veces un famoso, al que queremos asociarnos. Hemos de combinar los elementos que sugieran lo justo para provocar la asociación. No estamos siendo nosotros, sino que buscamos referentes en el imaginario alimentado por las redes, por los medios, por los famosos. Jugamos, pues, como una pieza más del mundo del espectáculo, porque nuestra fotografía ayudará a conformar los estereotipos de otros y de otros, que tienen vida propia, que se posicionan, que nos atrapan y que nos dejan sin identidad. Cuenta mucho qué hay de fondo, dónde está tomada esa foto, qué collar lucimos, qué reloj, qué coche se ve de fondo, qué marca de gafas usamos. ¿Qué puedo ser sin marcas, sin colores, sin un contexto que hable de mí?

Menos mal que no le puedo contar todo esto a la chica del tren. Seguro que antes de soportar esta explicación hubiera tirado su teléfono por la ventana. Por supuesto, tras haber colgado sus fotos en Facebook.

Javier Mato es periodista y profesor del CESAG.